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La perversión de Príapo. Relatos eróticos 38

Él entró primero para cerciorarse de que no hubiera nadie, pero ella entró pisándole los talones, lo empotró contra la pila de los expedientes y lo morreó hasta dejarlo sin respiración. Él le abrió la camisa sacando unos pechos blancos y voluptuosos que estrujó con las manos como si quisiera sacar leche de las ubres. La muy guarra se había quitado antes el sujetador y seguro que también las bragas. Empezó a gemir ante las succiones que mi amo le daba a aquellos tetones mientras a mí me presionaba con un pubis puntiagudo insinuándome la raja donde pronto iba a sumergirme. Se me hacía la boca agua y no pude contener un incipiente goteo. Entre los dos me desnudaron y salí encabritada, acertando de pleno en un minguino húmedo y…